Sor Inés de San José

(Inés Rodríguez Fernández). Nació el 2 de noviembre de 1889, en Avedillo, una pequeña aldea de Zamora. Siendo la tercera hija formado por Ángel Rodríguez y Catalina Fernández. Aunque hubo alguna resistencia de sus padres, ya que al ser la mayor de las hijas y la mano derecha de su madre, resultaba un apoyo importante en casa y con los trabajos del campo. Sin embargo sus padres finalmente dieron su conformidad e ingresó con las concepcionistas de El Pardo el 14 de octubre de 1908 y dos años más tarde hizo la solemne promesa de servir al Señor en la Orden Concepcionista.

Desde el noviciado y los primeros años de profesa, sor Inés se entrega a la oración, con constancia y tenacidad sorprendentes.

“Los diálogos diarios llenos de dulzura con el Señor le harán fácil el cultivo intenso de las demás virtudes”.

Palabras de sor Inés a sus novicias.

En otoño de 1935 fue elegida en primera votación y por unanimidad, superiora del convento. Con el correr del tiempo, las religiosas comprobaban que se iban cumpliendo las expectativas que había despertado la elección de la nueva abadesa. Fue introduciendo de manera gradual un gobierno más humano.

Mantuvo en toda su importancia los grandes medios de santificación, los tiempos de oración, el ambiente y la normativa de la mortificación, el trabajo, etc. Pero hubo un cambio profundo en las relaciones abadesa-religiosas, otro estilo de más cercanía con las personas. Había mucho más cariño, más comprensión, más interés por los problemas personales. Consciente de lo que se vivía en el mundo exterior, trabajaba por incrementar en las religiosas la unión mutua, la intimidad y confianza en el Señor, imprescindibles para tiempos difíciles. “Si llegara el caso, de vernos en situación de víctimas de nuestros perseguidores, el Señor no nos abandonará a nuestra suerte, somos una familia de mujeres consagradas exclusivamente a su servicio”, expresaba.

Cuando era maestra de novicias, muy consciente de las circunstancias de persecución, hablaba frecuentemente a las novicias. Dirigió estas palabras a la comunidad cuando vio que inminente la salida del monasterio: “ha llegado la hora de Dios hijas mías. No lo olvidéis, somos religiosas”.

El martirio llegaría a ella el 22 de Agosto cuando tenía 47 años de edad.