Madre María del Carmen Lacaba Andía

(Isabel Lacaba Andía). Nació el día 3 de noviembre de 1882 en la población Borja (Zaragoza). Sus padres fueron Juan Lacaba y María Andía; fue bautizada en la parroquia de San Bartolomé por su párroco D. Juan Cruz Lamo.

Creció en un ambiente religioso, en un hogar en el que la religión era considerada como el legado más valioso transmitido de padres a hijos. Fue agraciada en belleza, sencillez y acogedora. Fue demandada en matrimonio muchas veces, pero ella guardaba el tesoro de su vocación en la que influyó su madre porque trabajaba en las Concepcionistas de Borja, sin embargo entró en las Concepcionistas de Madrid, situado en la calle Sagasti. Ingresó el día 12 de Febrero de 1903.

En 1935 fue elegida  Abadesa del Monasterio. Antes había ejercido el cargo de maestra de novicias. Este acontecimiento revela, que las religiosas valoraban positivamente su labor con las novicias. Ella comprendió enseguida que el medio más eficaz para la comunidad, era un gran nivel espiritual y fuertemente unida por el amor fraterno inspirado en el Evangelio.

Para la madre Carmen era importante la formación de la persona, la formación musical era muy valiosa, ya la había aprendido antes de entrar en el monasterio. Pero donde se empleó a fondo, muy consciente de su importancia central en la vida religiosa, era en la práctica de la oración, iniciaba cuidadosamente a sus novicias en ella porque estaba convencida de que una religiosa que no  vive la  oración, es en lo espiritual, como una persona que no respira.

“El silencio con las criaturas da mayor margen a hablar con Dios.”

Madre María del Carmen Lacaba.

Admiraba mucho la valentía que antaño habían sufrido algunos, como la madre de los Macabeos, ignorando entonces lo que le esperaba poco después.

Se le recuerda como una monja que fue todo amor, comprensión y exquisita servicialidad. A pesar de sus graves pulmonías seguía en todo la observancia comunitaria y estaba siempre la primera en todo. Madre Carmen, dio voluntariamente la vida por sus hijas, tuvo la oportunidad de evitar la muerte y no la aprovechó para no abandonar a sus religiosas.

“Dos religiosas que estaban alojadas en la casa de la hermana seglar, de una de ellas, el último día que visitaron a la Comunidad recluida en el piso de Manuel Silvela, el mismo día que la sacaron para el martirio, le insistieron  a la madre que fuera con ellas y de esta manera se salvaría de una muerte segura. Se mantuvo firme al decir que “de ninguna de las maneras dejaría a la Comunidad y sobre todo a las queridas enfermas”.

Murió con 54 años de edad.